EDUARDO FALÚ SEGUNDA PARTE LYRICS

 
Los federales no saben a quien han muerto en la noche. Hay que huir antes que lo adviertan. Oribe ha jurado mostrar la cabeza de Lavalle en la Plaza de la Victoria, difamada en la punta de una lanza. Dice el General Pedernera: "Eso nunca ha de suceder, compañeros" y responde la legión "¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!".

Se reúnen con el resto de la tropa en los tapiales de castañeda. Algunos tiradores cubrirán la retaguardia ante las fuerzas de Oribe, que ya casi está sobre ellos. Y entonces aquellos ciento setenta hombres inician su marcha final hacia el exilio.

Hacia el norte galopan los hombres que han jurado salvar la cabeza de su jefe. Ciento setenta hombres y una mujer, setenta leguas hasta la frontera de Bolivia, muchos días de angustia con el cadáver de un jefe querido. Curiosamente galopan bajo el sol de la Quebrada de Humahuaca y ansiosamente vivaquean en las noches heladas pendientes de los rumores del sur. El Río Grande serpentea como mercurio brillante, testigo callado de luchas y matanzas: ejércitos del inca, caravanas de cautivos, columnas de conquistadores, caballerías patriotas, para arriba, para abajo... y luego noches de silencio mineral en que vuelve a sentirse el solo murmullo del Río Grande imponiéndose, lenta pero seguramente, sobre los sangrientos pero tan transitorios combates entre los hombres.

Los Guerreros vivaquean en la noche helada y una voz, la voz de Damasita, canta su dolor...

Palomita blanca, vidalita,
que cruzas el valle,
ve a decir a todos, vidalita,
que ha muerto Lavalle.

Ve ha decir al mundo, vidalita,
que cambió mi suerte,
que murió mi alma, vidalita,
al llegar su muerte.

Palomita blanca, vidalita,
vuélvete a tu nido,
y hallarás la sangre, vidalita,
de mi pecho herido.

Cuando amanece reinician la retirada hacia el norte. Al lado del Sargento Sosa cabalga el Alferes Celedonio Olmos. Se unió a Lavalle a los diecisiete años para luchar por esos ideales que se escriban con mayúscula, pero en ochocientas leguas de derrotas y deslealtades, de disputas y traiciones, su alma se ha marchitado. Todo era tan nítido al comienzo: ¡Libertad o muerte! Pero ahora el mundo es un caos y aquellas mayúsculas, como torres, se han derrumbado, entre basurales y ratas.

Adolescente sin luz,
tu grave pena llorás,
tus sueños no volverán
corazón,
tu infancia ya terminó.
tus sueños no volverán
corazón,
tu infancia ya terminó.

La tierra de tu niñez
quedó para siempre atrás
sólo podés recordar,
con dolor,
los años de su esplendor.
sólo podés recordar,
con dolor,
los años de su esplendor.

Polvo cubre su cuerpo,
nadie escucha su oración,
sangre lleva su brazo
dentro de su alma,
desolación.

Los sueños no volverán,
corazón,
tu infancia ya terminó.

Y sin embargo, mira a su lado al Sargento Sosa y, en su rostro ceñudo y silencioso, lee aquella decisión insensata, pero conmovedora: ¡No tendrán nunca la cabeza del General! Para cumplirla, esos hombres desechos van a galopar desesperadamente a lo largo de setenta leguas. Podrían dispersarse en la montaña, huir en todas direcciones, después de enterrar a Lavalle, pero no, no se detendrán hasta Bolivia, no cejarán hasta que el cuerpo de su General tenga descanso digno y sagrado. Esta decisión se yergue como una fortaleza solitaria entre aquellas derruidas torres de su adolescencia. Entre las ruinas, Celedonio olmos ha descubierto algo por lo que todavía vale la pena sufrir y morir: aquella comunión entre hombre, aquel pacto entre derrotados. Una sola torre, sí, pero refulgente e indestructible.

El sol ya pudre el cuerpo de Lavalle. Ya van tres días de marcha y en la retaguardia el implacable Oribe con sus lanzas. Aún quedan treinta y cinco leguas y cuatro días de marcha, y el espantoso olor del General podrido. Hasta que comprenden que es imposible seguir así. El sol de la quebrada hincha el cuerpo que hiede y Pedernera manda a hacer alto.

Resuelven descarnar el cadáver. Descarnar al General, sí ¿pero quién podrá hacerlo? ¿quién querrá hacerlo? Todos se miran en silencio hasta que el Coronel Alejandro Danel se adelanta.

Colocan el cuerpo cerca de un arrollo. Danel se arrodilla, saca su cuchillo de monte. A través de sus lágrimas contempla el cuerpo deforma de su jefe. También lo contemplan, duros y pensativos, los compañeros que forman un círculo. Danel, lentamente, hunde el cuchillo en la carne podrida.

Ay mi General Lavalle,
tu carne huele a la tierra
las aguas la llevaran
ha terminado tu guerra.
Guarda mi llanto, oh corazón.

Adiós, General Lavalle,
adiós general sin miedo,
te servirán como escolta
cien guerreros que murieron.
Guarda mi llanto, oh corazón.

Por fin la muerte te halló
Por fin pagaste tu mal
Sus ojos no volverán
A ver la tierra que amó.
Guarda mi llanto, oh corazón.

El alma de Lavalle advierte las lágrimas de Danel y le dice: "Sufrís por mí, pero deberías sufrir por lo compañeros que quedan. Ahora yo no importo. Lo que en mi se corrompía lo estás arrancando y las aguas lo llevaran muy lejos. Con el tiempo se convertirá en tierra, ayudará a alguna planta a crecer. Puede que esté en una florcita de campo. Ya ves que esto no debería entristecerte, Alejandro. Y además así sólo quedarán mis huesos, lo único que en nosotros se parece a la eternidad. Me conforta que también guarden mi corazón, y la cabeza, la cabeza que esos doctores de Montevideo ridiculizaban, quizá porque me repugnó aliarme con extranjeros o porque esta larga retirada les pareció insensata, porque no ataqué a Buenos Aires. No saben que el recuerdo de Dorrego comenzó a atormentarme desde que entramos en la provincia. Yo era muy joven cuando lo fusilé y creí que hacía un servicio a la patria y, aunque me dolió entrañablemente, porque yo quería a Manuel, porque siempre le tuve inclinación, firme aquella sentencia que tanta sangre ha hecho correr en doce años. Vos, Alejandro, estabas conmigo y bien sabés cuánto me costó decidirlo. También lo saben muchos de los camaradas que ahora lloran por estos huesos. Y también sabés, Alejandro, que fueron ellos, los hombres de cabeza los que me indujeron a cometer aquel crimen con cartas insidiosas. No vos, Danel, ni Lamadrid, ni ninguno de los que tenemos nada más que un brazo para empuñar el sable y un corazón para ayudarnos a enfrentar la muerte".

Los huesos son envueltos en el poncho que alguna vez fue celeste, pero que ahora es apenas un trapo sucio, un trapo que no se sabe bien lo que representa, uno de esos símbolos de las pasiones humanas, celeste, colorado, que terminan por volver al color inmortal de la tierra, del color del destino último de los hombres, unitarios o federales.

Ponen el corazón en un tachito con aguardiente y por un momento no se sabe a quién entregarlo. El alma de Lavalle contempla al más desamparado de sus fieles, a alguien que permanece solo y un poco apartado, y piensa: "Aparicio Sosa, que nunca necesitaste entender nada, limitándote a serme fiel, a creer sin razones en lo que hiciera. Vos, que me cuidaste desde que yo era un cadete mocoso y arrogante. Vos, callado Sargento Sosa, el negro Sosa, el picado de viruela Sosa, el que me salvó en cancha rayada poniendo su pecho, el que nada, absolutamente nada posee fuera de su amor a este pobre General derrotado y a esta patria bárbara y desdichada. Querría que pensasen en vos, Aparicio Sosa".

Mi buen Aparicio Sosa,
el del coraje callado,
el del coraje callado,
yo sólo puedo dejarte
mi corazón destrozado
mi corazón destrozado.

Ya casi nada comprendo
Mi alma está oscurecida
Comprendo sólo una cosa
Mi corazón es la patria.

En tus manos lo confío,
mi suerte ha sido funesta.
Bien ves, Aparicio Sosa,
otra cosa no me resta.

Alejandro Danel entrega el corazón al Sargento, y el alma de Lavalle se dice: "Sí, compañeros, porque es como darlo a esta tierra, regada con la sangre de tantos hombres como él, la tierra de esta quebrada por la que hace tanto tiempo, tanto tiempo, muchos hombres como Aparicio Sosa, humildes y pobres, sin pedir nada, sin recibir nada, ofrecieron su vida únicamente por la libertad de esta tierra".

El quinto ya va a partir
y el cañón va a tronar,
al son de esta vieja zamba
los artilleros se van, se van.
Al son de esta vieja zamba
los artilleros se van, se van.

"La tierra de esta quebrada -piensa Lavalle- por la que hace tantos años, tantos, subió Manuel Belgrano, frágil como una niña, generalito improvisado, con la sola fuerza de su ánimo y su fervor, dispuesto a enfrentar tropas aguerridas por una patria que aún no se sabía lo que era y todavía no sabemos lo que es, hasta dónde se extiende, a quién pertenece de verdad, si a Rosas, si a nosotros, si a todos juntos, pero que sin duda alguna pertenece al Sargento Aparicio Sosa".

Ya deben recomenzar la marcha. Se oyen demasiado cerca los disparos de retaguardia. Pedernera manda a montar. Quedan aún treinta y cinco leguas. Si tienen suerte, en cuatro días más alcanzarán la frontera y los fugitivos desaparecen en medio del polvo, en la inmensidad de la quebrada.

Furiosa y desesperadamente galopan hacia Bolivia los hombres de la legión, seguidos de cerca por las lanzas de Oribe. Y aquellos fugitivos piensan en los hombres que cubren la retirada y en los que han sido alcanzados por los hombres de Oribe, lanceados y degollados.
Cuatro días aún con sus cuatro noches, en medio de aquellos cerros silenciosos por aquella Quebrada que tantos hombres en armas ha visto pasar durante siglos, hacia arriba, hacia abajo, sangres antiguas en aquel polvo ancestral que pisan los cascos que buscan la frontera. Llevan un montón de huesos, el corazón de un jefe, una cabeza sagrada, hasta que en medio de la noche atraviesan el límite de la patria y pueden por fin derrumbarse en paz.

Una paz sin embargo, tan desoladora como la que reina en un mundo muerto, en un territorio arrasado por la calamidad, recorrido por lúgubres y hambrientos caranchos. Y cuando a la mañana siguiente Pedernera da orden de reiniciar la marcha, aquellos guerreros permanecen largo tiempo mirando hacia el sur, desde lo alto de sus caballos, mirando hacia la tierra que se conoce con el nombre de Provincias Unidas del Sur... Unidas del Sur, qué dolorosamente irónicas suenan esas palabras. Mirando hacia la región del mundo en que esos hombres han nacido y donde quedan sus hijos, sus hermanos, sus mujeres, sus madres ¿Para siempre? Sí, probablemente para siempre. Todos miran hacia el sur. También el Sargento Sosa con aquel tachito apretado contra su pecho. Hasta que el General Pedernera comprende que ya basta, y da la orden de marcha, y todos tiran de sus riendas, y vuelven sus cabalgaduras hacia el norte.

Ya se alejan lentamente en medio del polvo, en la soledad mineral, en aquella desolada región planetaria, y pronto no se distinguirá polvo en el polvo.
Ya nada queda en la Quebrada de aquellos restos de la legión, el eco de sus caballadas se ha apagado, las tierras que han desprendido de su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta pero inexorablemente. La carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia abajo por las aguas de un río, para convertirse en tierra, acaso en árbol, o en flor. Sólo permanece el recuerdo brumoso y cada día más apagado de aquella legión fantasma.

Un viejo indio me ha contado que en ciertas noches de luna se aparece el espectro del General. Se oyen primero las espuelas y luego un misterioso y sordo relincho. Después aparece Lavalle en un caballo blanco como la nieve. Lleva un gran sable de caballería y un alto morrión de granadero. Pobre indio. Si el General era ya un mísero paisano con un chambergo de paja sucia y un poncho que había olvidado su color simbólico; si aquel desventurado no vestía ya ni uniforme de granadero, ni alto morrión, ni nada; si era un desdichado rotoso entre desdichados. Pero así ve el viejo indio al General, y así me lo contó. También me dijo que es como un sueño, es apenas un instante que aquel guerrero resplandece en la noche. Luego desaparece entre las sombras, cruzando el río hacia allá, bajo los cerros del poniente.

Tu combate ha terminado,
adiós General Lavalle
sean testigos de este duelo
las montañas de este valle.
Guarda mi llanto, oh corazón.

Adiós, General Lavalle,
adiós general sin miedo,
te servirán como escolta
cien guerreros que murieron.
Guarda mi llanto, oh corazón.

Esta es la historia de un caballero valiente y desgraciado, la historia de la larga retirada de un hombre atormentado por el recuerdo y el infortunio, el romance del fin y muerte del General Juan Galo de Lavalle, descendiente de Pelayo y de Hernán Cortés, el soldado a quien San Martín llamó Primer Espada del Ejercito Libertador, peleó en ciento cinco combates por la libertad de este continente y murió en la miseria y el desconcierto.